Comunidad política y libertad de expresión

libertad de expresión

En relación a lo sucedido en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, el alumno de dicha casa de estudios, Fernando Quintana escribió una excelente columna sobre la política y la libertad de expresión. Puedes leerla a continuacion:

 

Comunidad política y libertad de expresión

Los últimos sucesos ocurridos en nuestra facultad en torno a la conferencia dictada por el embajador de Israel pusieron a la libertad de expresión, una vez más, en el centro de la discusión. Tanto en las redes sociales como en los muros de nuestra facultad hemos visto un debate en el cual hay posturas enfrentadas. Por un lado, un sector que argumenta a partir de la libertad de expresión y el pluralismo como fundamentos para defender la realización de actividades de este tipo. Por el otro, un sector que sostiene que la existencia de otros valores, tales como el respeto a los derechos humanos, constituyen una razón para poner un límite a la realización de actividades de este tipo.

No pretendo, en esta breve columna, analizar en detalle los hechos sobre los cuales se sostiene que el accionar del Estado de Israel viola sistemáticamente los Derechos Humanos y la soberanía del pueblo palestino. El objetivo de esta columna es ofrecer una reflexión según la cual la primera postura, es decir, aquella que utiliza la libertad de expresión para defender la realización de actividades tales como la conferencia del embajador de Israel en la facultad, está profundamente equivocada.

Un primer elemento a despejar es aquella consideración según la cual existe una división tajante y claramente distinguible entre las actividades “académicas” y las actividades “políticas”. Según dicha distinción, la condena que se ha realizado a la conferencia del embajador de Israel estaría basada en un error pues utilizar criterios políticos para juzgar actividades netamente académicas sería confundir y mezclar planos distintos. Tal distinción, sin embargo, no es sostenible, por dos razones. Primero, porque en el campo de las ciencias sociales no existe tal neutralidad de lo académico frente a lo político. A toda posición en la academia subyace una cierta comprensión del mundo y una cierta jerarquización de los valores que hay en juego en cada caso. Segundo, como argumento específico para este caso, porque el supuesto desdoblamiento del conferencista, quien venía a exponer no en calidad de político sino exclusivamente como experto de las relaciones internacionales, dejando su condición de representante del Estado de Israel en Chile guardada en algún cajón en su oficina, es totalmente ficticia. Un personaje público de esa categoría actúa siempre, como representante político del Estado del cual es embajador.

Un segundo elemento a tomar en consideración, dice relación con la forma, los alcances y el contenido de la libertad de expresión. A este respecto, el principal elemento a tener en consideración es que la forma en que entendamos la libertad de expresión tiene una relación directa con la forma en que entendemos la relación entre la comunidad en la cual nos desenvolvemos y los individuos que componen la misma.

En efecto, podemos entender a la comunidad universitaria de la cual somos parte de dos maneras bien distintas. Por un lado, podemos entender dicha comunidad como una agregación de individuos articulados en torno a un mismo lugar de estudio o de trabajo, y respecto a los cuales un cierto intercambio intelectual y/o afectivo constituye la única relación. Por otro lado, podemos entenderla como una comunidad política, es decir, como una comunidad constituida a partir de un conjunto de prácticas, formas de relacionarnos, y valores comunes generados a partir de dichas prácticas.

El punto de dicha distinción radica en que, a partir de ella, podemos comprender cuál es el fundamento de la libertad de expresión, y así entender también cuáles son sus límites y contornos. Bajo la primera comprensión, la libertad de expresión es un derecho que le pertenece a cada individuo de forma previa a su pertenencia a la comunidad en la cual dicho derecho se ejerce. Así, esta debe ser entendida como un derecho absoluto, es decir, cuyo ejercicio no encuentra más límites que su propio arbitrio, puesto que no existen mayores vínculos normativos entre la comunidad y el individuo.

Bajo la segunda comprensión, la libertad de expresión es concebida como una consecuencia de la igualdad que nos reconocemos unos a otros: en tanto iguales, nos asiste igual derecho a expresar nuestras ideas y visiones del mundo. Así, la libertad de expresión no encuentra su fundamento último en el arbitrio individual, sino en la igualdad esencial que caracteriza a los participantes de una misma comunidad política. Como consecuencia de lo anterior, la libertad de expresión no es concebida de forma absoluta e ilimitada, sino que encuentra sus límites justamente en su mismo fundamento: la igualdad de los miembros de una comunidad política.

Una u otra comprensión de la noción de comunidad, y por ende de la noción de libertad de expresión, tiene implicancias directas e inmediatas en la forma que adopta el ejercicio de dicha libertad. Cuando las expresiones artísticas, culturales, intelectuales o políticas de un individuo o de un conjunto de individuos consisten en la producción o la legitimación de un menoscabo moral, intelectual o físico en otro individuo o conjunto de individuos, dichas expresiones constituyen ataques directos a la igualdad entre los miembros de la comunidad y, en definitiva, a la comunidad política misma. De esta manera, no todo acto expresivo puede ser considerado como ejercicio legítimo de la libertad de expresión.

Quienes nos manifestamos públicamente contra todos aquellos discursos que por su estructura implican dicho tipo de vulneraciones, ya sea a los familiares de los detenidos desaparecidos, a los pueblos originarios o, en este caso, a la dignidad y la soberanía de una nación completa, no nos manifestamos en contra de la libertad de expresión. Todo lo contrario: nuestra posición no consiste en introducir limitaciones externas que vengan a socavar el derecho fundamental de la libertad de expresión, sino en entender la conexión esencial que esta última tiene con los fundamentos que nos constituyen como comunidad.

Por último, el discurso que han construido aquellos que defienden la visita del embajador israelí a nuestra facultad en torno a su comprensión de la libertad de expresión pasa por alto una cuestión esencial. En el caso de que trata la presente controversia, si bien los distintos hablantes se encuentran en una posición de igualdad formal para expresar sus discursos, por la fuerza de los hechos se encuentran en posiciones que en la materialidad son radicalmente distintas. La apelación a la libertad de expresión para sostener el derecho a expresar el discurso de la posición política que representa el embajador del Estado de Israel resulta bastante cómoda, en tanto se encuentran en una posición de abismante superioridad respecto a la posición del pueblo palestino. Resulta insostenible hablar de libertad de expresión apelando a la igualdad de los discursos encontrados. Lo que representa la presencia del embajador de Israel no es la defensa de su posición en igualdad de condiciones frente a su contrario, sino la subordinación de un discurso por otro.

Para concluir, sólo queda enfatizar la idea central que he querido exponer. El ejercicio de la libertad de expresión está limitado internamente por la igualdad esencial que nos reconocemos unos a otros como miembros de la comunidad política en la cual esta se ejerce. Aquellos discursos que se constituyen como vulneratorios de dicha igualdad, reivindicando o legitimando posiciones que implican realizar un tremendo daño a los valores que nos constituyen como comunidad, no pueden pretender ampararse bajo el ejercicio de la libertad de expresión. Sostener lo contrario es optar por una comprensión profundamente anti democrática de la comunidad universitaria y, de paso, dar cabida al más amplio relativismo moral, que en momentos más oscuros de nuestra historia ha servido para legitimar las peores atrocidades, resguardados bajo la famosa libertad de expresión.

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